Día 1712 de la cuarentena

Lo he intentado todo, le he hecho todo, pero ya no puedo más. Esta es mi confesión, mi epitafio, el testimonio de un náufrago del sofá. Los primeros días, lavé y planché todas mis camisetas: las de los noventa y las de publicidad blanca (antes de que llegara el rojo de LG y Pepsi), las vintage, las blancas, las de los porteros, las de las estrellas 14 y 15, las que he mandado hacer con las caras de Chitiva, Máyer, Robayo y Russo, la de los 50, 60 y 70 años. Las organicé cronológicamente y las metí en el closet, luego, desesperado de los domingos sin fútbol, las saqué, las desdoblé y las organicé por la intensidad del azul.

Varias veces impedí que mi novia llamara a una amiga psicóloga para que me diera una terapia virtual para brotes psicóticos, diciéndole que ella no entendía porque no sabía lo que era un amor así. Satisfecho con mi creación organizativa, doblé las cachuchas con el método Marie Kondo (la del homenaje a Di Stefano, la de camionero que dice ¡Quince veces campeón!, la del escudo de Bogotá) y los gorros de invierno para las noches frías bogotanas. Terminé y boté varias que estaban viejas y que me recordaban duras derrotas, pero luego bajé con guantes y tapabocas a sacarlas del “shut”, porque se me aguaron los ojos de pensar en ellas en la bolsita de basura al lado del manojo de poemas que le he escrito y que no están a su altura.

Cuando no pude organizar nada más en el armario, organicé todas las boleticas de nuestras citas, por tamaño, por color, por victoria, por persona con quien fui a verlo, en una cajita azul. Limpié las revistas y los libros en los que aparece, no, sin antes, señalar con rojo los errores, porque los errores se identifican con el rojo. Las organicé en el centro de mi biblioteca, calculando la mejor manera en que, la persona que me encontrara muerto, las pudiera sacar y salvar como testimonio literario de lo más grande que existió en este país, en este planeta.

Ya sin propósito y escuchando las noticias cada vez peores, llamé a mi jefe y le dije que no iba a teletrabajar más, que muchas gracias por todo, pero que yo iba a pasar mis últimos días recordando al azul y que ningún trabajo de oficinista mediocre me iba a detener. Dejé de bañarme, conecté el computador cerca del sofá, a unos metros de la cocina, y reproduje en Youtube todos los videos en los que aparecía Millos. Comencé con los títulos de los ochenta, seguí con los programas históricos de El Dorado, las crónicas de las últimas estrellas, los goles a Nacional en la Superliga, el partido en el que América se fue a la promoción y repetí tantas veces el gol de Henry que logré un número récord de visualizaciones en Youtube. Luego, escuché todas las narraciones de los goles de chilena, de cabeza y de taco que hay en la web, y las que ha hecho Casale. Hice y deshice más de tres planes de escape para ir y colarme en El Campín una última vez, pero no me arriesgué porque vacío no me interesa, sin Millos solo es un rectángulo verde marcado por líneas de cal.

Ahora, consciente de que la comida en el ARA, el D1 y el OXXO se acabó y de que ha llegado el final y solo me quedan unas galletas saltinas, dejo esto como testimonio del amor más grande de mi vida, de las pasión más inmensa del universo, con la esperanza de que las generaciones futuras, que están en guarniciones militares, se conviertan al único amor posible y real, a la única religión, y tengan la sensatez de recomenzar un nuevo planeta bien (de la manera correcta), de prohibir los otros deportes y los otros equipos, y, las sociedades más avanzadas, los otros colores, porque si no cambiamos, si seguimos así, si existe un planeta donde Millonarios no gana todos los partidos, estamos condenados a la extinción.

Posdata: ¡Llóralo, Rufay!

Óscar Felipe Pardo Ruge

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